Una experiencia que puede cambiar tu forma de viajar
Hay decisiones que dan un poco de vértigo antes de tomarlas. Viajar solo/a a otro país para vivir una experiencia de voluntariado es, probablemente, una de ellas.
Es normal tener dudas antes de dar el paso. ¿Y si no conozco a nadie? ¿Y si me cuesta adaptarme? ¿Y si me siento solo/a? ¿Y si el resto ya viene acompañado? ¿Y si el destino es demasiado diferente a lo que conozco?
Muchas personas que realizan un voluntariado internacional se hacen exactamente estas mismas preguntas antes de viajar.
Y, sin embargo, una vez allí, descubren algo que no esperaban: viajar solo/a no significa vivir la experiencia en soledad.
De hecho, puede convertirse en una de las formas más intensas de conocer un destino, conectar con otras personas y salir de la rutina.
En Cooperating Volunteers recibimos cada año a muchas personas que llegan solas a destino. Algunos tienen 18 años, otros 25, 40 o más. Algunos están acostumbrados a viajar y otros están realizando su primer gran viaje fuera de casa.
Pero todos llegan con algo en común: están empezando una experiencia nueva.
Y eso hace que conocer gente sea mucho más fácil de lo que inicialmente puede parecer.
Viajar solo/a no significa estar solo/a
Esta es probablemente una de las dudas más frecuentes antes de apuntarse a un voluntariado.
Cuando pensamos en viajar solos, muchas veces imaginamos llegar a un aeropuerto desconocido, movernos sin conocer a nadie y pasar días intentando encontrar nuestro sitio.
La realidad de un programa de voluntariado suele ser bastante diferente.
Desde el momento en el que llegas al destino empiezas a compartir la experiencia con otras personas: voluntarios, coordinadores, miembros del equipo local, personas de la comunidad y participantes de diferentes países.
Convives, compartes comidas, vas al proyecto, descubres el destino y pasas tiempo libre con personas que, en muchos casos, también han viajado solas.
Eso crea una situación bastante particular.
Normalmente, cuando llegamos a un lugar nuevo en nuestra vida cotidiana, cada persona ya tiene su círculo de amigos, sus rutinas y su propio entorno. En un voluntariado, prácticamente todo el mundo está empezando desde cero.
Por eso, es mucho más natural acercarte a alguien y decir:
“¿De dónde eres?”
“¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?”
“¿Qué programa estás haciendo?”
Y, de repente, esa primera conversación puede terminar convirtiéndose en una amistad que continúa mucho después de volver a casa.
Llegar sin conocer a nadie también tiene algo especial
Viajar acompañado tiene muchas cosas positivas, pero hacerlo solo/a también ofrece una libertad diferente.
Cuando no llegas con una persona conocida, normalmente estás más abierto a conocer gente nueva.
Te relacionas con personas con las que quizá nunca habrías hablado en tu vida cotidiana.
Puedes terminar compartiendo habitación con alguien de otro país, trabajando en el proyecto con una persona que tiene diez años más que tú o descubriendo el destino durante el fin de semana con un grupo de voluntarios que acabas de conocer hace pocos días.
Y precisamente ahí está una de las partes más interesantes de la experiencia.
Durante un voluntariado conviven personas con historias, edades, nacionalidades y motivaciones diferentes.
Algunos están estudiando.
Otros acaban de terminar la universidad.
Otros han decidido hacer una pausa en su trabajo.
También hay personas que simplemente quieren viajar de otra manera y conocer un país desde una perspectiva menos turística.
Esa mezcla hace que la experiencia sea difícil de comparar con un viaje convencional.
El primer día es probablemente el más extraño
Esto también hay que decirlo.
Es posible que el primer día te sientas un poco fuera de lugar.
Has llegado a un país nuevo, quizá después de muchas horas de viaje. Todo es diferente: el clima, los sonidos, la comida, los horarios, el idioma, el alojamiento, las personas.
Y todavía no sabes muy bien cómo funciona todo.
Es completamente normal.
Las primeras horas suelen ser las que requieren más adaptación.
Después empiezas a conocer al resto de voluntarios, entiendes cómo funciona la casa, haces tu primera orientación, conoces el proyecto y poco a poco empiezas a construir una rutina.
Normalmente, lo que el primer día parecía desconocido empieza a sentirse familiar sorprendentemente rápido.
De repente ya sabes dónde desayunar, quién prepara el transporte, a qué hora se sale hacia el proyecto o dónde suele reunirse el grupo después de cenar.
Y las personas que hace dos días eran desconocidas empiezan a convertirse en parte de tu día a día.
Conocer personas de otros países forma parte del viaje
Una de las partes más enriquecedoras de realizar un voluntariado internacional es que la experiencia no consiste únicamente en conocer la cultura del país al que viajas.
También conoces a personas de muchos otros lugares.
Durante unas semanas puedes compartir casa con alguien de Francia, Italia, Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Canadá o cualquier otro país.
Y empiezas a descubrir pequeñas diferencias que nunca te habías planteado.
Cómo se vive en su país.
Qué estudian.
Qué hacen durante sus vacaciones.
Qué les ha llevado hasta allí.
Cómo ven determinadas situaciones.
O incluso qué desayunan normalmente en casa.
Muchas conversaciones que comienzan siendo completamente casuales terminan convirtiéndose en una parte importante del viaje.
Y no es raro que, después del voluntariado, algunos participantes se visiten en sus respectivos países o incluso vuelvan a coincidir viajando.
También aprenderás a estar contigo mismo/a
Viajar solo/a no significa que tengas que estar acompañado todo el tiempo.
Y eso también es parte de la experiencia.
Puede haber momentos en los que quieras caminar por tu cuenta, sentarte en una cafetería, leer, escribir, ir a la playa o simplemente descansar.
Cuando viajas solo/a empiezas a tomar decisiones constantemente.
¿Qué quiero hacer hoy?
¿Quiero ir con el grupo o prefiero quedarme?
¿Quiero probar algo nuevo?
¿Me siento cómodo/a con este plan?
Puede parecer algo pequeño, pero aprender a escucharte y tomar decisiones sin depender de otra persona también forma parte del crecimiento que puede generar un viaje así.
Aprendes a resolver situaciones por tu cuenta
Por mucho que un voluntariado esté organizado y cuentes con un equipo local, viajar a otro país siempre implica pequeñas situaciones que tendrás que resolver.
Quizá tu vuelo cambie de horario.
Quizá un día tengas que explicar algo en otro idioma.
Tal vez tengas que organizar una excursión para el fin de semana o aprender a moverte por una ciudad que no conoces.
Son situaciones sencillas, pero cada una de ellas va aumentando tu sensación de independencia.
Y probablemente al volver a casa haya cosas que antes te parecían complicadas y que ahora veas de otra manera.
Porque después de haber viajado miles de kilómetros, llegado a un país nuevo y construido una rutina desde cero, muchas pequeñas preocupaciones dejan de parecer tan grandes.
No necesitas ser una persona extremadamente sociable
Existe la idea de que para viajar solo/a tienes que ser una persona especialmente extrovertida.
No es así.
No necesitas ser quien habla con todo el mundo desde el primer minuto.
Hay personas que necesitan más tiempo para sentirse cómodas en un grupo, y no pasa nada.
La convivencia hace que las relaciones aparezcan de forma bastante natural.
Compartes desayuno.
Vas al proyecto.
Coincides en la cocina.
Alguien propone ir a cenar.
Otro grupo quiere hacer una excursión el fin de semana.
Y sin darte cuenta empiezas a formar parte de la dinámica.
No necesitas forzar nada.
El voluntariado facilita mucho conocer gente
Una de las grandes diferencias entre viajar solo/a como turista y hacerlo dentro de un programa de voluntariado es que ya existe una estructura común.
No llegas a un lugar donde cada persona está haciendo su propio viaje.
Compartís un motivo para estar allí.
El proyecto.
La convivencia.
Las actividades.
El destino.
Eso hace que sea mucho más sencillo conectar.
Además, trabajar juntos en un proyecto crea conversaciones y experiencias que van más allá del típico “¿de dónde eres?” de un hostel.
Compartes momentos reales.
Aprendes.
Te equivocas.
Te ríes.
Descubres situaciones que probablemente nunca vivirías en un viaje turístico.
Y ese tipo de experiencias generan vínculos rápidamente.
Tendrás días increíbles y días más difíciles
Un voluntariado no es unas vacaciones perfectas.
Y viajar solo/a tampoco significa estar feliz las 24 horas del día.
Puede haber días en los que eches de menos tu casa.
Días en los que estés cansado/a.
Momentos en los que no entiendas una costumbre.
O situaciones en las que necesites un poco de espacio.
Eso también forma parte de viajar.
La clave está en entender que no todo tiene que ser extraordinario constantemente para que la experiencia sea valiosa.
A veces los días más normales son precisamente los que terminas recordando.
Una conversación después de cenar.
Un trayecto hacia el proyecto.
Una tarde jugando con niños de la comunidad.
Una comida compartida.
Una puesta de sol con otros voluntarios.
Son momentos que no aparecen necesariamente en el itinerario de ningún viaje, pero que terminan formando parte de tus recuerdos.
Tener miedo antes de viajar es normal
Muchas personas esperan sentirse completamente seguras antes de reservar un viaje así.
Probablemente eso nunca ocurra.
Siempre habrá alguna duda.
Y eso no significa que no estés preparado/a.
Significa simplemente que estás haciendo algo nuevo.
El miedo puede aparecer cuando compras el vuelo.
Cuando preparas la maleta.
Cuando te despides de tu familia.
Cuando estás sentado/a en el avión pensando: “¿En qué momento decidí hacer esto?”
Pero también puede desaparecer muy rápido cuando llegas al destino y descubres que hay un equipo esperándote, otros voluntarios en la misma situación y una experiencia completamente nueva por delante.
¿Y si nadie viaja en las mismas fechas que yo?
Otra preocupación habitual es pensar que quizá llegues y no haya otros voluntarios.
La cantidad de participantes puede variar según el destino, el programa y la época del año.
Hay temporadas con grupos grandes y otras más tranquilas.
Por eso, si para ti es importante coincidir con otros participantes, puedes consultarlo con nuestro equipo antes de organizar tu viaje.
En cualquier caso, la experiencia no depende únicamente del número de voluntarios.
El contacto con el equipo local, las personas del proyecto y la comunidad forma una parte fundamental del voluntariado.
De hecho, en grupos pequeños muchas veces la convivencia y la integración pueden ser incluso más cercanas.
Viajar solo/a también te obliga a salir de tu zona de confort
Cuando viajas acompañado es fácil apoyarte siempre en la misma persona.
Si no entiendes algo, pregunta el otro.
Si te da vergüenza hablar, habla el otro.
Si no quieres conocer gente nueva, puedes quedarte dentro de vuestra pequeña burbuja.
Al viajar solo/a esa barrera desaparece.
Tienes que comunicarte.
Preguntar.
Relacionarte.
Tomar decisiones.
Y aunque al principio pueda resultar incómodo, suele ser precisamente ahí donde aparecen algunos de los aprendizajes más importantes.
Salir de la zona de confort no significa hacer cosas que no quieres hacer.
Significa descubrir que eres capaz de hacer cosas que antes pensabas que serían mucho más difíciles.
Volverás con recuerdos que solo tú entenderás
Hay una parte curiosa de los viajes largos.
Cuando vuelves a casa quieres explicar todo.
Las personas te preguntan cómo ha ido.
Y probablemente respondas:
“Increíble.”
Pero sabes que esa palabra no explica realmente lo que has vivido.
Porque hay demasiados detalles.
Los nombres de las personas.
Las bromas dentro de la casa.
La canción que sonaba cada mañana.
El camino hacia el proyecto.
La comida que al principio no te gustaba y que luego terminaste echando de menos.
Ese lugar donde siempre os reuníais.
Las conversaciones que teníais por la noche.
Son cosas pequeñas, pero son precisamente las que convierten un viaje en una experiencia personal.
¿Es buena idea hacer un voluntariado solo/a?
Si estás esperando a que algún amigo tenga exactamente las mismas vacaciones, el mismo presupuesto, las mismas ganas de viajar y el mismo interés por hacer un voluntariado, quizá acabes esperando mucho tiempo.
A veces simplemente hay que decidir hacerlo.
La mayoría de personas que llegan solas a nuestros destinos no tardan demasiado en dejar de sentirse así.
Porque un voluntariado internacional tiene algo particular: reúne a personas que probablemente nunca se habrían conocido de otra forma.
Personas que llegan de distintos lugares, con diferentes historias y expectativas, pero que durante unos días o semanas terminan compartiendo una misma experiencia.
Y quizás eso sea precisamente lo que hace especial viajar solo/a.
Llegas sin conocer a nadie.
Pero probablemente vuelvas con muchas historias que contar y con personas repartidas por diferentes partes del mundo a las que ahora puedes llamar amigos.
Tu experiencia empieza mucho antes de subirte al avión
Decidir viajar solo/a también es una forma de confiar un poco más en ti.
No necesitas tenerlo todo controlado.
No necesitas saber exactamente cómo será cada día.
Y tampoco necesitas encontrar a alguien que quiera acompañarte para empezar.
En Cooperating Volunteers, nuestro equipo te acompaña antes del viaje y el equipo local estará contigo durante tu estancia para ayudarte a adaptarte al destino y al programa.
El resto de la experiencia se va construyendo poco a poco.
Con las personas que conozcas.
Con los lugares que descubras.
Con el proyecto en el que participes.
Y con todo aquello que no puedes planificar antes de viajar.
Porque quizás una de las mejores cosas de realizar un voluntariado solo/a sea precisamente esa:
llegar sin saber exactamente cómo será la experiencia y regresar preguntándote por qué dudaste tanto antes de hacerlo.






